El cerebro es un órgano que funciona de forma similar a una máquina orgánica compleja y que siempre está en constante evolución, guiándose bajo estrictas normas bio-químicas y genéticas con moléculas situadas en el genoma humano que
encienden o apagan genes en función del estímulo ambiental y tiempo de vida del organismo. Esa situación se encuentra activa desde el nacimiento hasta la adolescencia (16 años) con ciertas excepciones como la plasticidad cerebral.
La tendencia es que la configuración genética permanezca estable durante la adultez temprana, siendo esto lo que caracteriza a cada persona adulta (como parte de su personalidad), y sirve para dar indicios en ciertos trastornos del sistema nervioso (de mayor recurrencia psicótica).
Los cambios más importantes en el cerebro suelen ocurrir durante la adolescencia, siguiendo una constante maduración que se ve afectada en base al estímulo (mayormente social) en el que nuestra persona se desarrolla; dichos estímulos se dividen en fases y se les llaman
Periodos Críticos, siendo descritos como cambios sujetos a una temporalidad de mediano plazo (meses-año). Un claro ejemplo se da durante los primeros seis meses de vida con el
periodo crítico de la visión donde la estimulación por diferentes colores, brillo, luz, matices, contrastes, grados de saturación y frecuencia pueden predisponer a un humano de tener buena visión. Dado que el periodo crítico está sujeto a una temporalidad,
suele finalizar cuando ciertas sustancias estabilizan la sinapsis e inhiben el brote de axones nerviosos (la cola de la neurona que se encarga de la comunicación entre neuronas).
Cuando la adolescencia temprana (13 años) empieza, han ocurrido ya demasiados cambios que potenciaron los sentidos del sujeto a describir; sin embargo, los cambios más importantes ocurren en este periodo donde las
producciones hormonas pueden cambiar el comportamiento de los adolescentes yendo hacia un estado donde las zonas cerebrales maduren y las conductas riesgosas diminuyan.
El área que tiene más cambios durante la adolescencia, es el
lóbulo frontal (encargado de tareas cognitivas complejas como atención e inhibición) y la corteza prefrontal izquierda (encargada de comportamiento social sano): en dicho proceso, se inhibe la función cerebral por falta de actividad en la amígdala, a diferencia de un estado estable donde la información va del estímulo ambiental, a la corteza y de ahí a la amígdala; destacando que en casos de
hiperconexión en corteza cingulada posterior, anterior y la amígdala hay riesgo de depresiones adolescentes con correlaciones inversas en rumiación (entre menos actividad, el niño reingiere comida para volverla a masticar), y una correlación positiva (a mayor actividad) en la atención y una alta emotividad adolescente
donde el proceso se recupera pasando la adolescencia y la información sensorial vuelve a llevar información de la corteza a la amígdala.
Lo anterior produce cambios específicos en las emociones por múltiples regiones cerebrales donde se ve afectado el estriado ventral y la amígdala, sin embargo, dichos cambios no son responsables de la conducta riesgosa del adolescente, pero sí son reflejo de la disminución en la susceptibilidad a la presión (
para comprobarlo, experimentaron con niños de 10 años a adolescentes tempranos de 13 años, registrando su actividad cerebral mientras veían expresiones emocionales y se les aplicó una encuesta que midió su resistencia a la presión y comportamiento de riesgos).
Sobre las conductas violentas.
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